El recorrido de las 7 iglesias para Semana Santa no es una actividad nueva, proviene del siglo XVI, creado por san Felipe Neri, como una forma de expresar la fe y representar el acompañamiento a Jesús en su recorrido durante los siete trayectos, entre su captura en el huerto de Getsemaní y su crucifixión.
Por muchos años esta costumbre se lleva a cabo en algunos puntos cristianos católicos del mundo, y desde hace unas décadas llega y se fortalece en Panamá y, más que una moda, se ha convertido en una tradición de fe, arraigada más en el interior del país, sin embargo, ahora con la fuerza que ha tomado la Semana Santa en el área del Casco Antiguo, son miles los panameños y extranjeros que han hecho suya esta tradición, que más que eso es una caminata que mezcla historia, fe y una sensación de que cada esquina guarda un evento del pasado.
El recorrido inicia, como nuestra recomendación, en el Centro de Visitantes, al lado de la imponente Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, donde los guías ya te advierten que “no es un tour, es una experiencia”.
La Iglesia de Nuestra Señora de la Merced abre el recorrido con una historia que parece sacada de novela, su fachada no nació allí, ya que fue desmontada, piedra por piedra, desde Panamá Viejo tras el ataque del pirata Henry Morgan en 1671. Hoy, ese mismo rostro de piedra mira al visitante como quien sobrevivió al fuego, al ataque y decidió quedarse.
A unos pocos pases aparece una joya que siempre arranca murmullos, la Iglesia de San José, el famoso «Altar de Oro» que brilla y asombra a los visitantes, pero no solo por su valor artístico, ya que la historia cuenta que fue pintado de negro para engañar a los piratas y evitar el saqueo. Una mentira, que, aunque ya muchos sabemos, hoy se convierte en uno de los mayores atractivos del país, una leyenda urbana que llegó para quedarse.
El recorrido sigue hacia la majestuosa Catedral Metropolitana Santa María la Antigua, corazón espiritual del Casco y de la nueva Ciudad de Panamá, después de los ataques de los piratas. Aquí el peso de la historia se siente en las columnas, en el silencio, en la amplitud. Es la sede de la primera diócesis en tierra firme del continente americano y con esto, debemos saber que no es solo una iglesia, es símbolo del origen del país.
A pocos pasos, la Iglesia de San Francisco de Asís guarda una calma distinta, los guías suelen contar que su reconstrucción tomó décadas, y que su torre ha sido testigo silencioso de terremotos, incendios y transformaciones urbanas. Aquí, el detalle está en la sencillez, menos ornamento, más recogimiento, sin embargo, la fe de la Semana Santa se puede mezclar con la experiencia de subir a su Campanario y divisar la belleza de la Ciudad de Panamá (la antigua en el Casco), y la moderna ciudad con sus imponentes edificios. Es una imagen en 360 que más que de fe es turística.
Más adelante, las ruinas de Iglesia de Santo Domingo de Guzmán rompen el ritmo con su famoso “Arco Chato”. Los guías nos mencionan con orgullo que ese arco resistió terremotos que destruyeron media ciudad y fue, incluso, argumento para impulsar la construcción del Canal de Panamá, demostrando que el Istmo no era tan sísmico como se pensaba. Aquí hay fe e ingeniería.
Llega el turno del Oratorio San Felipe Neri, pequeño, íntimo, casi escondido. Fue uno de los primeros espacios de formación religiosa y musical. Aquí el momento es un tanto más personal, más interno. Es el punto perfecto para empezar a reflexionar.
Y sigue la caminata, porque hay que salir un poco del Casco Antiguo, ahora corresponde visitar el barrio vecino, donde está la Iglesia de Santa Ana. Aquí encontrarás menos turistas y vives más el ambiente de barrio. Es la iglesia del pueblo la que los guías destacan y cuentan las historias de su plaza como punto de encuentro histórico, donde lo religioso y lo social siempre han ido de la mano.
Recorrer estas siete iglesias no es solo cumplir una tradición de Semana Santa, es entender que el Casco Antiguo no se mira, se escucha, cada templo tiene su belleza, su historia, voz, su cicatriz, su milagro, y al final del camino, uno no sale igual, sale lleno de fe, con un olor como a perdón, la verdad, no sé, pero uno no sale igual.













